junio 26, 2014 | Posted in:Uncategorized

María, de 12 años, es una chica muy inteligente y trabajadora. Siempre saca buenas notas y aprende con facilidad. Sin embargo, cuando comete algún error se frustra hasta tal punto que se obsesiona en hacerlo todo de forma perfecta, y esto le ocasiona mucha ansiedad. En cambio, Pablo, de la misma edad, siente que no es capaz de hacer nada bien y cuando comete un error abandona la tarea que estaba haciendo y cree que el esfuerzo no merece la pena, ya que nunca conseguirá aprender las mismas cosas que los demás. Nuria, que va a la clase de María y Pablo, es una chica muy tímida y le cuesta mucho hacer amigos. Cuando llega la hora del recreo se queda apartada en un rincón del patio observando a los demás, sin atreverse a acercarse a nadie por miedo a sentirse rechazada. Daniel aprovecha la situación para reírse de ella y cuando cree que nadie lo ve le quita a Nuria el bocadillo dándole un empujón y luego lo tira a la papelera. Jorge se ha dado cuenta de lo que ha sucedido y siente lástima por Nuria, pero teme enfrentarse a Daniel y no le cuenta a nadie lo que ha visto.

Todas estas situaciones se dan de forma muy frecuente en las aulas escolares y los adultos pensamos que son “cosas de niños” y que así aprenderán cómo es la vida en “el mundo real”. No podemos estar más equivocados. Ignorar la falta de estrategias socioemocionales durante la infancia y la adolescencia puede causar mucho malestar y provocar consecuencias nefastas en el desarrollo de las personas, ya que existen hábitos y formas perjudiciales de afrontar la vida que, una vez adquiridos, son cada vez más difíciles de modificar.

La sociedad actual nos exige aprender con rapidez ante una lluvia constante de estímulos, adaptarnos a continuos avances y a la vez ser agentes del cambio, y todo ello requiere una gran capacidad de esfuerzo y de perseverancia, de tolerancia a la frustración, de manejo de la ansiedad, de la ira y de la tristeza; es decir, de conocer, comprender y regular nuestras emociones para así conseguir nuestros objetivos y metas vitales, mejorar nuestras relaciones sociales y ser capaces de ser felices aceptando nuestras limitaciones y potenciando nuestras fortalezas.

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La necesidad de una educación emocional es evidente. Hoy sabemos que emoción y razón son conceptos inseparables y, si queremos lograr una verdadera educación integral del ser humano, no podemos limitarnos a un modelo de escuela tradicional en la que el único objetivo sea transmitir una serie de conocimientos académicos para formar a trabajadores eficientes. Los cuatro pilares de la educación en nuestra época, según la UNESCO, incluyen APRENDER A CONOCER, APRENDER A HACER, APRENDER A SER y APRENDER A CONVIVIR. Esto nos confirma la conveniencia de fomentar la educación emocional en la familia y en las aulas, sin olvidar aspectos tan importantes como la creatividad, el razonamiento moral, las habilidades sociales y el pensamiento crítico.

Pero una educación emocional efectiva no ha de limitarse a breves actividades o programas concretos, sino que debe ser un proceso educativo continuo y aplicado en todos los ámbitos, sin olvidar que el aprendizaje significativo ocurre con el ejemplo y con la práctica, no con meras exposiciones de información. Por ello, debemos abandonar la idea de escuela como reflejo de la sociedad y ofrecer un modelo de sociedad ideal y deseable en los entornos educativos, si aspiramos a que nuestros niños y niñas aprendan a ser y a convivir de un modo más feliz y más sano. Durante la infancia, la familia y la escuela serán los agentes educativos más influyentes. En la adolescencia, el grupo de iguales y los medios de comunicación jugarán un papel fundamental en la adquisición de hábitos y estrategias saludables. Por tanto, el compromiso con la educación de las nuevas generaciones ha de ser de la sociedad en su conjunto, ya que todas las personas somos responsables del proyecto social que queremos construir como legado.

Por otro lado, las estadísticas nos dicen que los trastornos de ansiedad y la depresión van en aumento. Cada vez se nos informa con más detalle sobre trágicos sucesos causados por la violencia de género, el acoso escolar y la intolerancia. El uso inadecuado de las redes sociales fomenta la exaltación del ego y el individualismo. La falta de cooperación y de empatía ponen en riesgo los logros conseguidos durante las últimas décadas en cuanto a derechos humanos y bienestar social. Todo parece apuntar a que el mundo va de mal en peor y a que el ser humano no consigue dominar sus instintos ni equilibrar la balanza entre el bienestar individual y el bienestar colectivo.

Sin embargo, debemos ser positivos. Tenemos muy buenas noticias. Los últimos avances en investigación psicológica, neurológica y educativa nos demuestran que es posible el cambio. La clave está en entender la educación como un proceso que integre aspectos cognitivos, emocionales y sociales no como compartimentos estancos, sino como parte de un proceso educativo complejo y sistemático en el que nuestra meta principal sea ayudar a que cada persona desarrolle todo su potencial humano. Si deseamos un mundo más justo, más cooperativo y más equilibrado, comencemos a construirlo desde los cimientos: ayudemos a nuestros niños y niñas a ser capaces de conseguirlo. Como dice el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, “al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.”

 

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